MAREMOTO

 

Entrecerrar los ojos, con la nebulosa madre aparentando cansancio y las raíces de los árboles cayendo alrededor del cuerpo. Yo descansaba sobre mi sofá-cama de la calle Isabel de Sotienza, dormía al raso de mi voz. Abría los cajones en los que tenía mis recuerdos de niño, tres cajones con cromos y peonzas y relojes baratos que ya no tenían pila: mi viejo Duwart al que querré siempre, comprado con mis ahorros, mi Duwart de hucha rota y sonido canario. Salir con las bicicletas por el parque de las moreras, paraíso de amor libre, el soberbio y limpio despertar, cadenas estranguladas. Salía al parque y veía a los árboles enormes, de hojas enormes, de troncos enormes. Luego esos árboles caían en mi memoria y yo los llevaba conmigo, me sentaba en mi sofá-cama e imaginaba que yo era un árbol que me llenaba de hojas y de raíces, que me salían cortezas en la piel. Luego yo me transformaba en un árbol, era el increíble niño-lama-sabio, era el precioso niño-ser. Luces sobre la oscuridad de los días, el sol transparente como un zumo de naranja aguado, las caricias de mi madre para que me despertara, mi madre arropándome para que me durmiera. Mi madre cuidando del viejo árbol y yo pasaba debajo de la ramas de mi hermano-padre el viejo árbol con mi bicicleta regalada por mi primera comunión, bicicleta roja llena de retrovisores que valían sólo ciento cincuenta pesetas. Luego el sol encendía las luces y cada luz era distinta, disfrutaba de la llegada del ocaso, me convertía en un espécimen de un experimento de mi alma: el salto inmaculado hacia la más vida. Mientras tanto existían los espejos en cada parte sin cubrir de las paredes, me miraba cambiar y pensaba en el hombre que sería algún día, en el hombre que sería cuando cumpliese los dieciocho, me imaginaba fumando puros enormes y conduciendo una camioneta. Eso era lo que yo creía que era ser un hombre: fumar puros y conducir camionetas. Ignoro por qué tenía esta idea en la cabeza, tal vez tuviera una revelación. Escapar. Escapar a la sala de máquinas con mi amigo Jorge y jugar las monedas del álbum numismático, lo mejor de todo, las caras y cruces del mundial ochenta y dos. Las mujeres con bolso que sonríen, es lo mejor. Perseguir por las calles a esas mujeres con mi amigo Jorge cuyo padre era representante de las zapatillas Adidas y siempre iba vestido con Adidas. Y luego unas Adidas para mí también en oferta. Jorge y yo con nuestras Adidas nuevas, persiguiendo mujeres con bolso. Faldas largas y oscuras, hábitos monjiles que nos enervaban. Los sábados por la mañana jugando al baloncesto en el palacio de los jesuitas y luego metiendo entre las ramas de los árboles la pelota. Y jugar por jugar y perseguir a mujeres con bolso que sonreían, mi amigo Jorge y yo jugando a las cartas sobre un banco de piedra. Y pasan veinte años y estoy sentado en el mismo banco de piedra, no sé que habrá sido de Jorge. Las mujeres con bolso son casi de mi edad, ya soy un hombre. El tiempo ha volado, algunas canas en mis patillas, el pelo se me empieza a caer, fumo marcas baratas, tengo trabajos precarios, a veces bebo más de la cuenta. Entonces viene ella con un bolso negro y una falda monjil, tiene treinta y seis años pero aparenta más, expresión de sufrimiento, de mala digestión. Ha estado tomando cafés mientras hacía tiempo, se la nota nerviosa. El pelo moreno y suelto a la altura del cuello, los ojos negros y muy vivos, los labios sensuales como una fresa con demasiado carmín, olor a un perfume que seguramente le regaló su madre y que la hace parecer más vieja. Medias negras, zapatos sin mucho ni poco tacón, para caminar y estar elegante a la vez. El resto de la ropa es indescriptible, probablemente esté loca pero me quiere. Me besa una vez en los labios y empezamos a caminar juntos, no recuerdo si ha dicho mi nombre. --Me ha vuelto a pegar—me dijo--, es un mal hombre, un hijo de puta. --Algo le habrás hecho. --Quedar contigo…Bueno, quedar contigo no. Quedar con otro amigo, con el cejijunto, ya te hablé de él, es un palurdo con estudios. --¿Eso te pone, no? --¿Qué quieres decir? Ella se pasó una mano por el pelo como si se estuviera dando un tinte. --Pues que te gustan las personas que son dos cosas a la vez: los patanes con nivel académico y los que somos tontos y listos a la vez, como yo. --De todas las personas que son tontas y listas a la vez tú eres el que más me gusta—me dijo cogiéndome del brazo--, tú eres el que más me gusta porque eres realmente tonto y realmente listo a la vez. Claudia me tenía pillado, cuando respiraba nerviosa veía sus grandes pechos subir y bajar. Me había acostado una vez con ella, no estuvo mal pero tampoco fue nada del otro mundo de la misma forma que yo era tonto y listo a la vez ella era pura y puta al mismo tiempo. --¿Qué hacemos hoy?—me preguntó. --Vamos al Gines y yo bebo y tú vas al servicio cuando ya no aguantes mi conversación. --Me parece muy bien—respondió. A ella le parecía todo bien, por eso estaba con ella. El marido de Claudia era ingeniero de la Volvo pero el tipo más hijo de puta que me he echado en cara. No sólo la pegaba, la humillaba y la insultaba. La maltrataba psicológicamente. De vez en cuando él venía de la bolera o de jugar a los dardos y se enfadaba con ella sin ningún motivo. Discutían y acababa pegándola. Lo curioso era que para no dejarla marcas la pegaba en el cuello o en la tripa, nunca en la cara. Por eso Claudia no parecía una mujer marcada, tampoco parecía una mujer asustada. El problema de Claudia era que podía con ello perfectamente y por eso la situación podría prolongarse mucho en el tiempo. Claudia y yo paseábamos cerca de la glorieta de Quevedo, allí veíamos a nuestro pobre favorito. Era un hombrecillo gris y barbado que vivía sobre una alcantarilla, bebía mucho y utilizaba la alcantarilla de urinario y de cama al mismo tiempo. El menesteroso siempre estaba sucio y ajado pero parecía duro de cojones. Realmente sentíamos admiración por él porque aquel sujeto parecía realmente fuerte y creo que Claudia se inspiraba en él para soportar a su marido. Si un pobre podía vivir sobre una alcantarilla ella podía soportar que su marido la golpease el cuello. Nos estábamos divirtiendo por la calle, hablando haciendo chanzas de nuestras cosas cuando de repente ocurrió: la tierra empezó a temblar y el suelo a moverse, la gente chillaba desconcertada. Vi a una mujer que cogió a su hijo pequeño en brazos y salió corriendo. Claudia no se asustó, parecía divertirle la situación. Yo fingí entereza pero también tenía miedo en el fondo. Algunos cristales se desprendieron de los techos más altos, los automóviles empezaron a pitar, todo era muy confuso. Un hombre salió corriendo con gallinas en los brazos, era surrealista. Pensé que a lo mejor estaba soñando pero todo era muy cierto y notorio, tangible. --Está pasando algo muy gordo—dijo Claudia. Entonces me asusté. El terremoto duró unos siete segundos. Cuando pasó escuché el murmullo de la gente creciendo. Necesitaba una copa y un cigarro habano para recuperarme. Por fortuna había un estanco y un bar cerca. --Necesito comprarme un Romeo-Julieta para pasar el susto…¿No te importa, verdad? --¡Qué me va a importar!—dijo ella. Y cogidos del brazo entramos en el estanco. --¡ Han visto ustedes qué terremoto!—nos comentó el estanquero--¡ Aquí no ha sido pero en donde haya sido lo tienen que estar pasando de puta pena, esto sólo ha sido una réplica! El estanquero se limpio el sudor de las manos en un niqui grasiento, nos atendió enseguida. Cuando salí del estanco con Claudia me di cuenta de que me temblaban las piernas, el miedo había venido a por mí. --Vamos a beber algo, querida—le dije a Claudia. --Tú todo lo arreglas bebiendo. El bar olía a calamares y a buñuelos fritos, pedí un burbon en vaso ancho. Claudia se pidió un refresco, que lamentable es pedir refrescos en los bares. Espero no llegar nunca a esa situación. --Maldita tele—dijo la camarera coreana--.No se ve nada. Era verdad, la tele no emitía nada. Ni siquiera nieve. Se había quedado en el más oscuro de los agujeros negros y no había manera de sacarla de ahí. --Estamos todos jodidos—dijo el pobre que vivía sobre una alcantarilla. --Estamos todos muertos—dijo una vieja con un gorro de piel de marta. --Esto han sido los rusos—dijo un anciano que se había quedado en la guerra fría. Miré las manos del anciano y eran de una palidez cadavérica, lo asimilé a tener un mal presagio. --No salgan de sus casas—dijo una voz en un megáfono desde un coche de la policía—y cierren puertas y ventanas y no se asomen a la calle. La gente volvía a sus casas, Claudia y yo teníamos que volver cada uno a la nuestra. --Vente a mi casa y ponemos la radio—me dijo Claudia. --En la radio emitirán algo—dijo una voz cerca de mí que pertenecía a un magrebí descorazonado. Pero nos fuimos, queríamos escuchar las noticias en el arropamiento de un hogar, no en un antro oliendo a buñuelos. Por el camino vamos viendo a gente pegar carreras y coches que circulan muy deprisa. La casa de Claudia es un tercero sin ascensor con un cuadro de caballos desbocados en la cocina, comprobamos que la televisión no emite. Mientras sintoniza la radio Claudia miro su abrigo indescriptible sobre una silla. Pienso en ponerme una copa, en fumarme un cigarro…pero de repente me doy cuenta de que me he pasado la vida huyendo de mí mismo, por eso he buscado el placer tanto tiempo…porque tenía una gran necesidad de escapar…¿Escapar de qué? Escapar de mí mismo, sólo escapar, estar lejos. Algo en mí hace que no me soporte, que no pueda estar a gusto a solas conmigo. Por eso necesito escapar, huir. Estar con muchas personas también es lo que necesitaba a menudo, las personas te hacen que no estés contigo mismo: personas, alcohol, conversación superficial. Bares, pubs y discotecas y así pasan los años. El romanticismo es un dramatismo y la juventud una enfermedad que se pasa con el tiempo, cuando practicas la meditación puedes pasar del sexo. El sexo es una de las grandes cadenas que llevamos con nosotros, pero es una cadena que tiene que desprenderse sola. No hay que buscar la libertad, viene sola. Si no luchas alguien luchará por ti. Lo mejor es permanecer relajado, no entiendo por qué muchas veces se considera que lo mejor es permanecer angustiado y decir que la paz de la vida es la paz de la muerte, la paz de los cementerios. Los borrachos cuando se caen no se rompen ni un solo hueso porque no están angustiados, permanecer como borracho en la vida pero sin estarlo. Yo era lo que buscaba, esa relajación que dan las copas pero sin las copas. El calor del vino pero sin el vino. Si la cuerda está demasiado floja o demasiado tensa no se puede vivir, necesitamos un nivel mínimo de tensión en esta vida para funcionar pero si aumentamos el nivel vivimos estresados. Lo mismo ocurre con ser sensible, se puede ser sensible pero no se puede ser demasiado sensible, no es lo mismo sensible que sensiblero. El sensiblero acaba resultando un cursi. Y lo mismo ocurre con tener confianza en la vida, puedes tener confianza en la vida porque la vida te da lo que necesitas y todo lo que buscas lo tienes…¿Pero y si acaba ese ciclo? ¿Y si llega un momento en el que la vida ya no te da nada? Entonces debes pensar que cuando la vida no te da nada te está dando que no te da nada, te está dando su vacío. Percibir la materia entonces es una opción, observar, sentir. El año de vibración siete puedes apartarte del mundo y reflexionar y cuando venga la vibración ocho puedes viajar. Pero puede ocurrirte que estés en un año de vibración siete con mucha gente cuando deberías estar solo, entonces tú mismo te apartarás de la gente para pensar. Todo consiste en esta vida en quitarle dramatismo y ponerle cerebro. Hay que quitar emoción a las cosas e intelectualizarlas, razonarlas, devolverlas a su vertiente lógica. Sobre todo no podemos cargar con el universo de la culpa: culpa por nuestros pecados pasados en otras vidas o en esta, una rémora maldita de actos viles que arrastramos con nosotros. Tenemos que sacudirnos del yugo de la culpabilidad con que nos uncen todas las religiones. Quizás fuese más divertido adorar a Ganesa, más simpático. ¿Tenemos fe en Dios porque nos da cosas? Entonces cuando Dios nos quita…¿Perdemos la fe en Él? Nuestra fe es tan grande como las cosas que conseguimos con ella. Pedimos y pedimos pero Dios sabe qué es lo que nos conviene. Y luego está el libre albedrío…¿Y si tenemos libre albedrío qué papel juega Dios en él? ¿Dios no interfiere en nuestros destinos? Mejillas barbadas, mejillas que tenemos que poner. Estaba sumido en todas estas reflexiones cuando Claudia sintonizó un prgrama de radio donde estaban dando las noticias. Nos quedamos estupefactos los dos, un gran maremoto había levantado olas de setenta y cinco metros que se habían llevado por delante las costas de Japón y de Inglaterra. De hecho Japón estaba literalmente bajo las aguas e Inglaterra se había convertido en una isla diminuta. Irlanda prácticamente había desaparecido. Los muertos se contaban por millones. Lo más curioso de todo es que habían aparecido dos continentes nuevos emergiendo de las aguas, dos continentes del tamaño de Sudamérica. Era como si Dios nos hubiese quitado unas tierras y nos hubiese dado otras, era un nuevo renacimiento y un nuevo Apocalipsis a la vez. Era una información tan increíble que no podíamos darle crédito pero habíamos sentido el terremoto bajo nuestros pies, la tierra se había sacudido como un perro que se quita las pulgas y mucha gente habría muerto y muchísima gente estaría desaparecida bajo las aguas. Yo siempre pensé que la destrucción del mundo vendría por el fuego, no por el agua. Yo siempre había pensado que ya había habido un diluvio y que no iba a haber otro. Había pensado todas estas cosas pero me equivocaba, el agua volvía a destruir la humanidad, un gran maremoto había llegado. ¿Qué podríamos hacer Claudia y yo? Nos abrazamos y lloramos juntos, nos volvimos a abrazar y volvimos a llorar. Llorábamos por todas las personas que habían perecido, lloramos por nuestros hermanos ingleses y nuestros hermanos japoneses. Dos grandes naciones de la tierra sepultadas. La humanidad no volvería a ser igual, todos habíamos cambiado. Nuestros teléfonos móviles no dejaban de sonar, nuestras familias y amigos querían saber dónde estábamos. En todo el edificio se oían los transistores informando. Recordé que una vez había escrito un cuento sobre un maremoto pero nunca imagine que el maremoto pudiera tener lugar ni que fuera tan virulento. Estábamos viviendo los tiempos finales de la humanidad pero la humanidad saldría reforzada y de seis mil millones de personas sobreviviríamos seiscientos millones al final de la gran tribulación. Pero todo era para nuestro bien, tenía que haber una limpieza kármica en la Tierra, teníamos que cobrar conciencia de todo el mal en el que habíamos vivido. Encendí unas velas e improvisé una oración.

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Enviado por Noticias Internet.
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