EL FANTASMA DE VALLADOLID

En septiembre del año 1598 el rey Felipe III de España se casó por poderes con la archiduquesa Margarita de Austria-Estiria. La boda se celebró en la ciudad italiana de Ferrara y en la catedral el papa Clemente VIII desposó a doña Margarita con el rey Felipe III que estaba ausente y era representado por el archiduque Alberto de Austria. Por la noche se celebró en Ferrara un sarao y baile en honor de la nueva reina.
ESTÁ EN PROYECTO QUE ESTA HISTORIA PUEDA ESCUCHARSE MIENTRAS SE NAVEGA CON EL BARCO "LA LEYENDA DEL PISUERGA" POR EL RÍO PISUERGA, EN VALLADOLID, ESPAÑA. El 10 de febrero de 1599, la reina embarca en Génova con dirección a Valencia, ciudad a la que llega Felipe III el 14 de febrero para recibirla. Margarita tarda 35 días en llegar desde Génova debido al mal tiempo marítimo y debe desembarcar en el puerto de Vinaroz de donde se traslada a Denia, para instalarse en el palacio de Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y próximo Duque de Lerma y Valido principal del rey.
La recepción de los reyes en Denia fue aparatosa debido a sus enormes gastos.
Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, era quinto marqués de Denia y cuarto conde de Lerma, fue ascendido a duque de Lerma en 1599, en agradecimiento a su ayuda con la celebración de la boda, por la gracia de Felipe III.
Cuando doña Margarita llegó a España el 21 de marzo de 1599, contaba poco más de 14 años y su esposo Felipe III iba a cumplir 21. La boda real se celebró en la catedral de Valencia. Los reyes llegaron a Madrid en el mes de diciembre de 1599 y se instalaron en el alcázar real de los Austrias. Del matrimonio real nacieron ocho hijos:
La infanta Ana María Mauricio, nacida el 22 de septiembre de 1601 en Valladolid, que llegó a ser reina consorte de Francia al casarse con el rey Luis XIII.
La infanta María nacida el 1 de febrero de 1603 en Valladolid y muerta en extrañas circunstancias en el mes de marzo de 1603, (cuya causa desarrollaremos más adelante).
El príncipe Felipe, futuro Felipe IV de España, nacido el 8 de abril de 1605 en Valladolid.
La infanta María Ana, nacida el 18 de agosto de 1606 ya en Madrid, que fue esposa consorte del emperador Alemán Fernando III, del Sacro Imperio Romano Germánico.
El infante Carlos nacido el 15 de septiembre de 1607, en Madrid. El infante Fernando, nacido en Madrid el 16 de mayo de 1609, que llegó a ser conocido por la historia como el Cardenal-Infante don Fernando de Austria. La infanta Margarita, nacida el 24 de mayo de 1610, en Madrid y fallecida en 1616, a la edad de 6 años, debido a una enfermedad infantil.
El infante Alfonso, nacido muerto el 22 de septiembre de 1611 en Madrid.
Tras el parto del infante Alfonso las enfermedades de la reina se agravaron y ya no puedo levantarse de su cama, sintiéndose que va a morir pide el viático y recibe la extremaunción y el 3 de octubre de 1611 muere cristianamente en el Escorial. Se dijo entonces que la reina había sido envenenada y el rumor popular acusó del hecho al duque de Lerma y a su hombre de confianza don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Felipe III sobrevivió diez años a la reina Margarita, el rey falleció a los 43 años el 31 de marzo de 1621, viudo, después de rechazar varios ofrecimientos para volverse a casar.
Según corrió el rumor por las cortes europeas, el rey falleció a causa de la rígida etiqueta de la corte española. Según cuenta el francés De la Place, en su libro “Pièces interesantes” Felipe III estaba gravemente sentado frente a una chimenea en el palacio real en el alcázar real de los Austrias en la que se quemaba una gran cantidad de leña, tanta que el monarca estuvo de ahogarse de calor. A su majestad no se le permitía levantarse para llamar a nadie puesto que la rígida etiqueta se lo impedía. Los gentileshombres de guardia se habían alejado y ningún criado osaba entrar en la habitación real. Por fin apareció el marqués de Polar, al cual el rey le pidió que pagase o disminuyese el fuego, pero éste se excusó con el pretexto de que la etiqueta le impedía hacerlo, para lo cual se tenía que llamar al duque de Uceda. Como el duque había salido, las llamas de la chimenea continuaban aumentado y el rey Felipe III, para no disimular en nada su majestad, tuvo que aguantar el calor cada vez más fuerte, lo que le calentó de tal forma la sangre que al día siguiente tuvo una erisipela en la cabeza con ardiente fiebre, lo que le produjo la muerte.
Poco tiempo después de la muerte del rey Felipe II, cuando la corte real parece radicada definitivamente en Madrid, empiezan a correr rumores en el año 1599, de su posible traslado a Valladolid. Estos rumores fueron adquiriendo cada vez más consistencia y dio lugar a representaciones, memoriales, apuntamientos y dictámenes por parte de Madrid y a gestiones por la de Valladolid, que sería muy largo y ocioso de detallar. Fueron inútiles todas las diligencias de Madrid, y ninguna mella hicieron en el ánimo del rey las argumentaciones, discursos y pareceres en los que se le señalaban los gravísimos costes e inconvenientes de aquella medida. Ni siquiera pudo la autoridad de la emperatriz viuda María de Austria, tía- abuela de Felipe III evitar que no se trasladara la corte. Lo que no sabía doña María de Austria, era que la causa principal del traslado de la corte a Valladolid era por su culpa, debido a la gran influencia que tenía sobre su pariente, el rey. Al duque de Lerma le convenía el traslado de la corte real a Valladolid porque alejaba a los reyes de las influencias de la tía-abuela doña María de Austria y además le aislaba al duque de las sátiras contra su privanza que circulaban por las cortes de Madrid. A partir de junio de 1600, el duque de Lerma comenzó a adquirir solares y casas en Valladolid y en poco más de un año era dueño de una gran manzana situada frente al monasterio de San Pablo y cercana al palacio del conde de Benavente, donde residió Felipe III. Hubo muchas dificultades para alojar en Valladolid a tanta multitud de Concejos, oficinas, ministros, cortesanos, hombres de negocios, pajes, criados y demás sirvientes. El 11 de enero de 1601 el rey Felipe III salía rumbo a Valladolid siguiéndole la reina Margarita a los cuatro días y poco después los Concejos, tribunales, ministros, secretarios, grefieres, pajes, criados y resto de la servidumbre en pintorescas y nutridas caravanas. El escritor Agustín González de Amezúa, en el prólogo de su edición crítica de los libros “El casamiento engañoso” y “El coloquio de los perros” de Cervantes, describe las medidas que se tomaron para el traslado de la corte a Valladolid, y todos los desmanes y abusos de los arrieros y transportistas, de las molestias y conflictos que originaron los alojamientos de los cortesanos y del provecho que de tal confusión hallaron pícaros y maleantes.
La corte real de Felipe III residió en Valladolid durante 6 años, los más caros de su reinado con brillantes y fastuosas fiestas. El escritor Agapito Revilla señala los esfuerzos y los gastos que hicieron el ayuntamiento de Valladolid, los propietarios de casas, los mercaderes y los vecinos para organizar festejos y construir y reformar edificios y llenar de géneros sus tiendas y almacenes. Amezúa nos describe el espectáculo de calles, plazas, estudios, vida literaria y artística, reuniones, pasatiempos y regocijos, así como la deslumbradora solemnidad con la que se celebraron los nacimientos de los infantes Ana Mauricia, María y del príncipe Felipe con sus bautizos en la iglesia de San Pablo. Dice el poeta Góngora en su conocido soneto “Gastamos un millón en quince días”. El dinero se gastaba en encamisadas, toros, fiestas, cañas, torneos, alardes, muestras y carros triunfales y saraos, sin contar los ducados que, pródigos, derramaban desde las ventanas del Consistorio--equivalente al ayuntamiento en aquella época—los regidores a la plebe.
Los gastos eran fabulosos porque continuamente se realizaban viajes, cacerías y excursiones a Tordesillas, Ampudia, León, Zamora, Toro, Aranjuez y demás sitios reales, a Burgos, a Palencia, a Valencia, a Denia, a Lerma y a un pueblecito llamado La Ventosilla convertida en una finca de recreo por el duque de Lerma, haciendo de ella un coto de caza menor donde mandó edificar un pequeño palacio y jardín.
Los historiadores no creen que en ningún momento pensase seriamente el duque de Lerma en asentar la corte en Valladolid. Es cierto que allí compró en 80.000 ducados la casa del marqués de Camaraza, que era la mejor de la ciudad y consiguió de los dominicos el patronazgo y reforma de la iglesia de San Pablo, ampliando la altura de la nave central y la fachada para ser usada como capilla palatina en las ceremonias solemnes de la capilla real. Recordemos que la catedral de Valladolid quedó inacabada en tiempos de Felipe II que mandó al arquitecto Herrera construir el palacio monasterio del Escorial, muy cerca de Madrid.
El duque de Lerma vendió la casa del marqués de Camaraza y toda la manzana de alrededor al rey Felipe III 54.897.317 maravadís, cobrándole las reparaciones que había hecho y algo más y reservándose el cargo de alcalde perpetuo que le valía 1.200 ducados anuales.
Otra de las posesiones del duque de Lerma en Valladolid era la llamada huerta de la Ribera, que posteriormente revendió al rey en 30.265.866 maravedís, en 1606, incluyendo el palacio de la Ribera donde residían en verano la familia real. Las obras de construcción del palacio de la Ribera empezaron en el año 1602 y finalizaron en el año 1605 antes de nacer el futuro Felipe IV. En la construcción del palacio real de verano se basaron en los planos de los arquitectos Francisco de Mora, Diego de Praves, Juan de Nates y Bartolomé de la Calzada. También contaron con la colaboración de los arquitectos Juan Alonso Ballesteros, Bartolomé González, Antón de Huete y Juan Quijano. Se siguió comprando terrenos hasta 1609, a pesar de que la corte real ya estaba en Madrid.
Los jardines de la huerta del rey estaban comunicados directamente con el palacio real del palacio de San Pablo por medio de un pasadizo bajo tierra que atravesaba la actual calle de San Quirce. Para acceder al palacio de la Ribera, se construyeron en ambas orillas del Pisuerga sendos embarcaderos. En el embarcadero del palacio se levantaba una torre cuadrada de madera, con una estancia superior a la que se accedía por escaleras y con ventanas cubiertas por celosías. A parte de permitir el acceso a las embarcaciones, a veces se realizaban meriendas en el cenador. El cruce al palacio se realizaba siempre en barco y nunca a través del puente mayor de piedra de origen romano.
Junto a los embarcaderos, fue construido cerca del puente mayor, un ingenio hidráulico para subir agua del río Pisuerga a los jardines y cultivos de la huerta del rey, llevado a cabo por el arquitecto Pedro de Zubiaurre, que hizo una estructura a base de norias, arcas de distribución y cañerías de plomo que fue acabada en el año 1618.
Sobre las aguas del Pisuerga se hicieron famosas un conjunto de galeras y góndolas usadas para cruzar el río en los espectáculos de las fiestas. Destacaba la galera real bautizada como San Felipe, en honor al rey, que era dorada y pintada en color azul en 1602 por el artista Santiago de las Cuevas. En el mismo año el pintor Bartolomé Carducho pintaba dos escudos reales en los estandartes de una nueva góndola, siendo el pintor Santiago Remesal el que decoró las banderas y gallardetes de la embarcación, donde junto a motivos religiosos figuraban los emblemas reales y el escudo de Valladolid.
En el aposento que daba acceso al pasadizo para ir a la plaza de San Pablo donde se situaba el palacio real, se guardaban bajo llave 2400 vidrios ordinarios y 205 vidrios cristalinos, las ventanas del palacio de la Ribera de la actual huerta del rey. Puede resultar asombroso saber que la servidumbre quitaba los cristales de las ventanas cuando los reyes no estaban porque los vidrios en aquel entonces eran muy costosos de fabricar y se consideraban bienes de lujo. Los cristales eran caros y los mayordomos encargados de la conservación al desmontarlos evitaban que se pudieran romper. Había un dicho popular que decía que para saber si estaba la familia real en Valladolid viviendo bastaba ver si estaban los cristales puestos en las ventanas del palacio de la Ribera.
De un inventario oficial fechado en 1703, sabemos que el palacio de la Ribera tenía tres pisos y la parte más noble la formaban dos galerías altas. Una de las galerías tenía vistas a los jardines y a una plaza interna en la que se celebraban corridas de toros y luchas de toros con leones en un coso de madera. La otra galería alta daba su fachada al río Pisuerga y desde sus balcones se podían ver las naumaquías o batallas de barcos y los célebres despeñamientos de toros, desde los sótanos del palacio, mediante ramplas de madera que hacían que cayesen las reses al río. A las galerías se abrían aposentos igual que el actual palacio de la granja de San Ildefonso por la parte que da a las fuentes de piedra de los jardines.
Hay un plano de Ventura Seco de 1738 que muestra la planta del palacio de la Ribera, también existe un grabado del siglo XVIII que representa el despeño de los toros desde rampas de madera que salían de los sótanos del palacio, que es la parte actualmente descubierta.
Arquitectura del palacio: Tenía dos pabellones de ladrillo de estilo clasicista de los Austrias. Uno de los pabellones estaba orientado al norte que constituía un patio cerrado con tres galerías con soportales. El otro pabellón estaba orientado al sur con una construcción formando un ángulo con el pabellón principal anterior. En la intersección de los dos pabellones se alzaba una torre que constituía un tercer piso rematada por un chapitel de plomo. El tejado estaba adornado con tejas rojas. La entrada principal se abría hacia la actual carretera de Salamanca. Hemos dicho que el palacio era perpendicular al río y estaba ubicado en una zona alta sobre un muro de piedra encima del embarcadero que impedía que la subida de las mareas del río lo inundara. En su fachada sur se abrían 5 puertas y 20 ventanas grandes y en la fachada norte lucían 34 ventanas y en la parte orientada se contaba con 3 balcones o miradores. El interior del palacio contenía todo lo necesario para la comodidad de la familia real y su servidumbre más cercana. Destacaba un zaguán, la capilla real u oratorio, que contaba con unas alhajas de oro y plata que en 1703 por orden real se entregaron a los religiosos del convento de San Diego para su custodia durante la guerra de sucesión. A través de una escalera principal de piedra se accedía a los pisos superiores, había cuatro aposentos en la primera planta y otros tres aposentos en la planta superior lujosamente decorados junto a otras pequeñas dependencias y servicios.
Según consta en un inventario del 15 de noviembre de 1607 el palacio de la Ribera tenía una colección de cuadros y retratos reales de los siguientes pintores: Pantoja de la Cruz, Rubens, Carducho, Andrea del Sarto, Veronés, Tiziano, Basano y hasta una obra de Rafael.
El pintor Rubens que llegó a Valladolid en 1603 como embajador del duque de Mantua, conoció personalmente las fiestas del palacio de la Ribera. Durante su estancia en Valladolid, que duró varios meses, pintó dos retratos célebres: uno del duque de Lerma a caballo y otro de tema mitológico llamado “Demócrito y Heráclito”.
En 1628 un viajero, Baltasar de Monconys, visitó Valladolid y hace una descripción del palacio de la Ribera: los cimientos del palacio eran de piedra y en ellos había bodegas usadas como almacenes , bodegas y cocinas. La parte más noble del palacio constituida por los pisos superiores que estaban construidos de ladrillo rojo y contaba con un total de 16 aposentos iluminados con lámparas de aceite y adornados con lujosos tapices tunecinos, lujosamente adornados con cuadros de todo tipo de artistas de prestigio. Se calcula que había aproximadamente 519 cuadros de distintos tamaños y tipos, 10 bufetes riquísimos realizados en madera de ébano y marfil y decorados con mapas y 70 cerámicas de Faenza. Rodeando al palacio y tapiado se escondían fuentes y estatuas que articulaban los ejes visuales de los paseos ajardinados siguiendo modelos tardo-renacentistas italianos. Los jardines contaban con especies botánicas selectas que creaban un sugestivo paisaje con laberintos rodeados de bancos de madera para sentarse y disfrutar de las maravillosas vistas al río. Al fondo del jardín se levantaba una gran pajarera de madera repleta de aves exóticas, en el centro del jardín había una gran fuente formada por un estanque de una gran taza coronada por el grupo escultórico denominado “Sansón matando a un filisteo” obra del escultor manierista Juan de Bolonia. Concluimos diciendo que la huerta del rey, además de fines agrícolas, constituyó el primer zoológico de la ciudad de Valladolid y contaba con leones en jaulas de madera, camellos, venados, jabalíes, conejos, linces, puerco espines, venados, garzas, faisanes y tórtolas y aves de pluma. Y había hasta un rinoceronte según nos cuenta el escritor Vargas Machua. Dicen los cronistas que los reyes Felipe III y Felipe IV se entretenían tirando sobre los anímales de palacio y que la servidumbre soltaba los pájaros para las cacerías reales. Durante los años 1602-1606 se celebraron en la huerta del rey corridas de toros en un coso de madera construido para tal efecto, con el tiempo la corona se fue desinteresando del palacio de la Ribera realizándose pequeñas obras de reforma durante las visitas de Felipe IV en 1560 para que se organizaran fiestas de toros y la última visita real fue la de Carlos II, el último rey de la dinastía de los Austrias.
A partir del año 1700 y con la guerra de sucesión y el cambio de la monarquía real de los Austrias y los Borbones el palacio de la Ribera conoció su decadencia siendo desperdigadas todas sus obras de arte hacia el palacio real de San Pablo en Valladolid y hacia el museo del Prado de Madrid. El abandono del palacio de la Ribera fue tal que sufrió frecuentes inundaciones del caudal del río Pisuerga que malograron todos los jardines e inundaron la parte noble del palacio. En 1761, el arquitecto Ventura Rodríguez, con el consentimiento del rey Borbón Carlos III aconsejó su derribo y algunos de sus elementos arquitectónicos se aprovecharon para restaurar el palacio real de la plaza de San Pablo.

Empieza la siempre eterna historia de España: intrigas, corrupción, envidia, brujería, la Iglesia, asesinatos...

Vamos ahora, en este punto del relato, a hablar un poco sobre la figura de Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, conocido en la historia como el (¿malvado?), duque de Lerma
El ducado de Lerma fue creado el 11 de noviembre de 1599 por la gracia del rey Felipe III a su amigo Don Francisco, que ya desde el año 1592 fue nombrado por el rey Felipe II gentilhombre de la casa del príncipe Felipe (Futuro Felipe III).
Don Francisco era de noble familia y ya ostentaba los títulos de V marqués de Denia y primer marqués de Cea, además de Sumiller de Corps y Caballerizo mayor de Felipe III.
Don Francisco se casó con doña Catalina de la Cerda y Andrade y tuvo varios hijos, el más famoso fue Cristóbal Gómez de Sandoval-Rojas de la Cerda, conocido posteriormente en la historia como primer duque de Uceda y que sustituyó a su padre como favorito y primer ministro. Otro de los hijos del duque de Lerma fue Diego Gómez de Sandoval y Rojas, que luego fue nombrado conde de Saldaña.
El duque de Lerma a lo largo de todo su mandato acumuló aproximadamente una fortuna de 44 millones de ducados y hasta obtuvo del rey Felipe III un decreto real autorizándole a recibir presentes y dinero. La corrupción fue para igual a la impotencia de los enemigos del duque de Lerma para hacerle perder el favor real.
Otros familiares del duque de Lerma resultaron igualmente favorecidos, un cuñado fue nombrado virrey de Nápoles y otro cuñado Virey del Perú. Para su yerno, el marqués de Sarriá, obtuvo una renta de 35000 ducados, y para otro yerno, el conde de Niebla, el cargo de cazador o montero mayor. A partir del año 1606, con el traslado de la corte real otra vez a Madrid, debido a que un gran político corrupto necesita de ayudantes corruptos para explotar el éxito, empieza a ver peligrar su cabeza. La duquesa de Lerma, su esposa, Doña Catalina de la Cerda y Andrade, que era su gran apoyo, cayó enferma en extrañas circunstancias en el pueblo vallisoletano de Buitrago y murió el 2 de junio de 1603. Su cuerpo fue conducido a Valladolid, donde estaba la corte real en aquel entonces, y enterrado en un sepulcro de piedra en la capilla palatina de San Pablo. Los rumores apuntaban que su muerte estaba relacionada con el desgraciado accidente que acabó en marzo de 1603 con la vida de la infanta María de Austria, que más adelante relataremos.
Desde la muerte de su esposa el duque de Lerma poco a poco se fue enemistando con la reina consorte Margarita de Austria. El duque de Lerma fracasó en su intento de imponerle un confesor a Doña Margarita de Austria y advirtió que la reina al ir aprendiendo castellano iba teniendo mayor influencia sobre el rey y tomó toda clase de medidas para apartarla de personas que pudieran perjudicarle. En primer término, eliminó a la duquesa de Gandía, que hubo de retirarse por orden del Rey Felipe III el 4 de diciembre de 1599, saliendo del alcázar real de los Austrias en Madrid el día 17 de diciembre rumbo a Alcalá de Henares. Para sustituirla en el cargo de camarera real fue nombrada la propia duquesa de Lerma, sirviéndola en sus ausencias y ayudándola por la noches Doña Magdalena de Guzmán, marquesa del Valle, que pertenecía al círculo íntimo del duque de Lerma. Simultáneamente se le retiró gran parte de la servidumbre que la reina había traído de Alemania lo que la provocó un gran enfado, así como de otras cosas que iban contra su gusto, por lo que se atribuyó a estas causas la grave enfermedad que la reina tuvo en Valladolid en el mes de noviembre de 1601.
Debido a los achaques y enfermedades de la duquesa de Lerma, que no le permitían atender a su oficio de camarera mayor de la reina con la diligencia que el cargo requería, incrementó la influencia de la marquesa del Valle sobre la reina Margarita, el duque de Lerma la sustituyó por su hermana la condesa de Lemos a disgusto de la reina. Doña Magdalena de Guzmán, marquesa del Valle, fue expulsada del palacio real de Valladolid en octubre de 1603 de una manera escandalosa y sin consideración a su edad y estado de salud y confinada primeramente en el alcázar de Toledo, después en la fortaleza de Santorcaz y en Simancas y por último desterrada a Logroño. Esto permitió al duque de Lerma el nombramiento de su hermana, la condesa de Altamira, para el cargo de aya y camarera mayor de la infanta Doña Ana María de Austria en substitución de Doña Magadalena. Con estas maniobras, completadas con los nombramientos de la secretaria de la reina a Don Pedro Franqueza, y el cargo de caballerizo mayor el conde de Altamira(cuñado del duque de Lerma) y del mayordomo mayor en el tío del duque de Lerma, Juan de Borja, el siete de enero de 1606, y después en su cuñado Sancho de la Cerda, marqués de la Laguna, logró el duque de Lerma cerrar el círculo de sus adeptos que rodeaban a la reina Margarita inutilizada para maniobrar en contra del duque de Lerma. El descaro del duque de Lerma no tenía límites e intervenía la correspondencia de la reina con su madre la archiduquesa de Austria y logró casar a la dama de confianza de la reina María Sidonia con uno de sus protegidos, el conde de Barajas. La reina Margarita se sintió acorralada y se abstuvo de ingerirse en negocios prohibiéndose que se la dirigieran peticiones y memoriales por los cortesanos. El embajador Khevenhüller refiere que el duque de Lerma llegó a prohibir a la reina Margarita que hablase de asuntos políticos con su esposo Felipe III, ni siquiera en el tálamo real, y de tal manera la atormentaba con sus vigilancias y humillaciones, que la reina Margarita decía con frecuencia que hubiese preferido ser religiosa en su ciudad natal de Graz antes que reina de España. Eran tan escandalosos los abusos y las desvergüenzas en el manejo de los caudales públicos, y habían llegado a tales extremos en sus cohechos y latrocinios los ministros de duque de Lerma y singularmente Pedro Franqueza, conde de Villalonga, y Ramírez del Prado—ministros de hacienda real desde 1603 a 1605—que llegó a faltar dinero para la mesa de los reyes, según las crónicas de la época de Cabrera de Córdoba.
Ya en el mes de julio de 1606 se registraron choques entre el duque de Lerma y la reina con motivo del regreso de la corte real a Madrid. Una carta cifrada al cardenal Borghese, fechada en Madrid el 19 de octubre de 1606, nos informa de la violencia de la situación. Existe una guerra civil entre la reina y el duque de Lerma, y la reina no piensa en otra cosa que en abatir al favorito real.
Venció la reina, con la ayuda de los enemigos del duque de Lerma, entre ellos el confesor del rey fray Diego Mardónes que tuvo violentísimos altercados con el duque de Lerma--y advirtió al rey Felipe III que iría al infierno si no ponía remedio a aquel caos económico—y acabó con parte de la corrupción. El 26 de diciembre de 1606 se realizaba la detención de Alonso Ramírez de Prado, del consejo real y de hacienda, y el 20 de enero de 1607 la detención de Pedro Álvarez Pereira, del consejo de Portugal, y la de Pedro Franqueza, conde de Villalonga. Estas prisiones demostraron el grado de corrupción al que se había llegado, ya que estos ministros recibían regalos de los embajadores extranjeros y de cortesanos famosos como la condesa de Lemos, hermana del duque de Lerma, la condesa de Niebla, su hija, el conde de Miranda, su consuegro y otros muchos implicados como Álamo de la Cueva, marqués de Bedmar.
Don Rodrigo Calderón, conde de la Oliva de Plasencia, secretario de la cámara del rey, y posteriormente marqués de Siete Iglesias se libró por la protección del duque de Lerma. La reina Margarita de Austria, aliada con el confesor del rey fray Luis de Aliaga, insistía a su marido el rey Felipe III a que apartase de su cargo a Don Rodrigo, hasta que el fallecimiento de la reina en el palacio del Escorial el 3 de octubre de 1611, abrieron los ojos al rey debido al rumor popular que acusaba a Calderón de haber utilizado brujería en la muerte de la reina. Los historiadores atribuyen la muerte de Margarita de Austria a las complicaciones del parto de su último hijo el infante Alfonso de Austria, nacido muerto el 22 de septiembre de 1611, que llevó a la tumba a la reina a la temprana edad de 27 años. Hubo toda clase de rumores, entre ellos que Don Rodrigo participó en el supuesto envenenamiento de la reina y el rey Felipe III cesó a Don Rodrigo del oficio de secretario de su cámara sustituyéndole por Juan de Ceriza y Bernabé de Vivanco.
Don Rodrigo Calderón fue enviado a una misión especial a Flandes pero ya en 1614 estaba de regreso en España y el rey Felipe III le nombró marques de Siete Iglesias a petición del duque de Lerma.
La caída en desgracia del duque de Lerma fue en el año 1618 por las acusaciones de su propio hijo Cristóbal Gómez de Sandoval-Rojas de la Cerda, duque de Uceda, aliado con los enemigos de su padre, entre los que destacaban el dominico fray Luis de Aliaga, confesor del rey Felipe III, y don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares y otros cortesanos, con lo cual la venganza de la reina Margarita de Austria llegó después de muerta.
El duque de Lerma compró el cápelo cardenalicio con el título de San Sixto al papa Pablo V, para librarse de futuras persecuciones y al año siguiente en 1619 se ordenó sacerdote con lo que se aseguraba que su antigua amigo el rey Felipe III jamás le mandaría ajusticiar al ser un miembro de la iglesia. El duque de Uceda suplió en el cargo de primer ministro a su padre aunque su poder se acabó el 31 de marzo de 1621 con la muerte del rey Felipe III de España y la subida al trono de Felipe IV que le mandó procesar a instancias de su actual enemigo el conde-duque de Olivares que fue nombrado primer ministro del nuevo rey. Se da la paradoja de que el duque de Lerma, retirado en sus territorios de Tordesillas, se enteró de la muerte de su hijo en la prisión de Alcalá de Henares en 1624. El duque de Lerma le sobrevivió un año, muriendo de muerte natural en sus posesiones de Tordesillas en 1625.
A su vez Rodrigo Calderón fue arrestado en 1618 con la caída del duque de Lerma, permaneciendo en la cárcel hasta su muerte. El 7 de enero de 1621 fue torturado salvajemente confesando el asesinato de Francisco de Juaras y del envenenamiento de la reina Margarita de Austria y murió ejecutado en la plaza mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621.
Final de la Historia

Calderón fue ejecutado ya reinando Felipe IV, hijo de Felipe III que murió en Madrid el 31 de marzo de 1621.
Según el profesor de historia Javier Pérez Gil, en su libro “El palacio de la Ribera” parece ser que la rapidez de la construcción del real sitio de recreo se debió a que el duque de Lerma compró un palacete de recreo ya existente y sólo tuvo que hacer unas pequeñas reformas y ampliación para adaptarlo a las comodidades que exigía la estancia de la familia real. No es descabellado pensar que una de los siete dormitorios de las dos plantas nobles del palacio estaba ocupado por los duques de Lerma, en otra dormía el rey, en otra la reina y en otra los pequeños infantes Ana María Mauricia, la infanta María y el príncipe Felipe; todos nacidos en Valladolid.
Recordemos que Doña catalina de la Cerda y Andrade, camarera mayor de la reina, estaba ya enferma cuando murió la infanta María en extrañas circunstancias el 13 de marzo de 1603 y que la duquesa de Lerma acababa de fallecer en el pueblo vallisoletano de Buitrago el 2 de junio de 1603.
La leyenda del fantasma real tuvo su origen el día 13 de marzo de 1603 cuando la reina Margarita de Austria, enferma en la cama de unas crónicas dolencias, recibió la trágica noticia de la muerte de la nodriza que daba de amamantar a su hija, la infanta María, también fallecida y las heridas de las acompañantes la duquesa de Lerma y la marquesa del Valle que habían sido atacadas por un león que se había escapado rompiendo una jaula de madera y saltando una tapia que comunicaba el zoológico con el jardín. Como dice en su libro Javier Pérez Gil, la presencia de tapias fue especialmente necesaria en el parque de la caza, sometido a la constante huída de los animales. La culpa recayó sobre el guarda del parque, un tal Francisco Álvarez encargado de las jaulas de los animales salvajes que guardaban la caza mayor del rey. Al ir a dar de comer a la bestia fue atacada por ésta escapándose.
Desde aquel día el fantasma de la nodriza y la infanta se aparecen en las ruinas del palacio de la Ribera donde se oyen psicofonías de aullidos y lamentaciones.
La duquesa de Lerma murió de las hemorragias de las heridas mal curadas que le produjo el león en el pueblo Vallisoletano de Buitrago, el 2 de junio de 1603, sumiendo en una grave depresión a su marido el Duque de Lerma. Los testimonios de quiénes los han visto son variados.

 

 

 

Presentado por Intelentzia Summa 11/01/2014 

 


 

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